Opinión

El Chacabuco y sus cantineras

Ana Olivares Cepeda, Gestora Ley Día de la Cantinera

Durante este 9 y 10 de julio las noticias rondan entorno al Juramento a la Bandera, ceremonia que realizan las diferentes dotaciones de las Fuerzas Armadas y de orden a lo largo de nuestro país, a propósito del Combate de La Concepción ocurrido en la sierra peruana en 1882.

Conocida es la historia que señala el valor del capitán Ignacio Carrera Pinto, sus oficiales, soldados y camaradas, quienes no se rindieron, a pesar de la superioridad numérica de la tropa y montonera enemiga que los atacaron durante 20 horas. El resultado, 82 vidas entregadas por amor a la Patria. La única testigo fue, impensadamente, la pequeña bandera chilena que no fue arriada y hoy se conserva en la Escuela Militar General Bernardo O’Higgins Riquelme. Este humilde testimonio confeccionado con la delicadeza de manos de mujer, une con finas puntadas tres retazos de tela y una estrella cosida con pequeñas mostacillas en sus puntas. Dentro de la precariedad de los materiales, estos hermosos detalles enaltecen el símbolo patrio que es, hasta hoy, signo de unión, lealtad y convicción.

Si pudiera hacer una pregunta a esta reliquia histórica, le diría que me gustaría conocer los nombres de aquellas anónimas valientes muertas, también, en aquel combate. Su presencia es indudable, más sus nombres quedaron en el recuerdo de quienes resistieron con ellas. Sus cenizas se mezclaron con el olvido y, hoy, solo algunas imágenes que recuerdan la gesta, las sitúan en la historia.

Es imposible no pensar que quienes atendían a los chacabucanos enfermos, incluyendo a Julio Montt Salamanca, o quienes curaron las heridas de Carrera Pinto, inmovilizando su brazo con un cabestrillo o quienes cargaron los fusiles mientras disparaban al enemigo no fueron otras que las camaradas voluntarias, las cantineras.

Decir sus nombres es dignificarlas y darles su lugar en la historia escrita también por ellas. Es por eso que, si bien no estuvieron en la Campaña de la Sierra, es justo nombrar a otras chilenas que si fueron parte del Batallón Chacabuco. Según el investigador, Mauricio Pelayo, ellas formaron cuando se crea el Batallón Cívico en Santiago a principios de 1879, obtuvieron grados y cumplieron diferentes funciones. Ellas son: María Isabel Aguayo (de quien creemos es la fotografía de la portada del libro de Enrique Agullo Bastías “Antofagasta, Ciudad Heroica”, de 1979); las hermanas Fidelia y Mercedes Quezada Díaz y María Machuca de Villarroel. Sin duda, identificarlas y seguir poniendo en valor su rol y legado durante la conquista del desierto, es el camino correcto para visibilizarlas e incluirlas como forjadoras del triunfo chileno.

Por lo tanto, recuerde que cada vez que se haga mención de algún combate o batalla de la Guerra del Pacífico, también hubo valerosas féminas que sirvieron a nuestro país, sin importar que sus nombres quedaran plasmados en las listas de Revista o que sus tumbas no tengan placas conmemorativas.

Lo fundamental en esta reflexión es que nuestra bandera chilena sí las conoce y las valida cada vez que flamea, especialmente cuando se jura en su nombre, “hasta dar la vida si fuese necesario”.

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