Opinión

Réquiem de un Héroe

Ana Olivares Cepeda, Vicepresidenta Los Viejos Estandartes® Antofagasta

Antes que nos llegue la muerte, nunca pensamos en dejar un epitafio que resuma quiénes fuimos en vida, por eso esta misión suele quedar en los familiares que nos sobreviven. Lo tradicional indica señalar nuestro nombre, fecha de nacimiento, defunción y quienes nos despiden, siempre y cuando seamos sepultados. Ahora, si se decide la cremación, olvidemos los detalles anteriores. Quizás, si fuimos alguien importante, lo señalarán brevemente en un discurso de despedida, pero la memoria es frágil y luego el tiempo hace lo suyo.

Recorriendo el cementerio general de Recoleta, Santiago, nos encontramos con una placa del tamaño del ancho de la tumba, escritas con 14 líneas en letra mayúsculas. Sin duda, la doliente familia hizo un gran esfuerzo en mantener la memoria de quien descansa en el lugar, porque sabía que, tarde o temprano, esas largas líneas para un epitafio serían lo único que recuerden al joven y cómo y dónde perdiera la vida.

He aquí su historia: “MIGUEL ISAZA, MÁRTIR DEL DEBER, MURIÓ A LOS 18 AÑOS EN EL ASALTO DE PISAGUA”. Joven de 18 años, inteligente y de gran porvenir. Oyó el llamado de la patria en 1879. Dejó sus estudios de ingeniería y entró en la Armada como aspirante en la corbeta O´Higgins. En el desembarco en Pisagua el 2 de noviembre de 1879, los botes de la O´Higgins fueron los que más sufrieron con las balas enemigas. Al regresar, eran un charco de sangre. El segundo bote al mando del aspirante MIGUEL ISAZA tuvo, en su primer viaje a tierra, un muerto y dos heridos. En el viaje siguiente, este empeñoso oficial recibió un balazo en el estómago que lo atravesó de parte a parte. Desde los primeros momentos se vio que aquella herida era mortal. El joven Isaza fue llevado moribundo a bordo de la O´Higgins. Se le hicieron las curaciones necesarias, pero todo fue inútil. El desenlace sólo podía demorar algo si no bebía nada que pudiera contribuir al desangre. Al caer la tarde, cuando el fuego del combate ya había silenciado, Isaza preguntó débilmente por el estado de la acción y si se había logrado capturar las alturas. Como le contestaron que el triunfo era total y completo, los ojos del valiente muchacho brillaron de entusiasmo y, olvidando sus sufrimientos pidió, solo desplegando los labios, que se le diera agua para morir tranquilo y de una vez. Llegado el vaso de agua de la mano temblorosa que se la pasaba, Isaza lo arrebata con firmeza y, después de beberse hasta la última gota, dice con energía. “Adiós, gracias, viva Chile”. Así murió este bravo, con el nombre de su patria en los labios.

Agradezco al presidente del Batallón Histórico de Chile, David Rendic, quien dadivosamente me muestra la tumba y me comparte su triste pero aguerrida historia. Generalmente, en los triunfos de combates o batallas, nos quedamos con lo obtenido, más olvidamos a quienes fueron los artífices de aquellas glorias, especialmente, las circunstancias en que enfrentan la muerte. Esta vez, el agua que suele significar “vida”, fue el final elegido de un héroe.

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