Chomache, enclave de las rutas caravaneras prehispánicas

El paisaje que confluye entre el Océano Pacífico y la Cordillera de la Costa en el borde costero sur de Iquique, permite que éste se transforme en un guardián del patrimonio arqueológico y cultural de Tarapacá.
En viaje por la ruta, en las inmediaciones de los roqueríos costeros emerge Chomache, un conjunto arqueológico milenario que da cuenta de la vida de los antiguos habitantes de este territorio, transformándose en un sitio único en el mundo por sus características.
Para Oscar Varela, ingeniero pesquero de profesión, pero con una profunda vocación y conocedor del patrimonio arqueológico del territorio, la región es una zona rica en arte rupestre, una cantidad tan grande que está disgregada en todo el territorio, especialmente, en las áreas de las rutas caravaneras, tanto longitudinales (de norte a sur) como transversales (de cordillera a mar).
“Las distintas expresiones del arte rupestre demuestran que hubo una evolución. Seguramente, hubo épocas en que las condiciones fueron más favorables, con más vegetación y facilidad para encontrar agua. También había un tráfico fluido de oriente a poniente. A pesar de ser tan desértico, hubo una población importante en el territorio».
Así surge Chomache, nombre autóctono con que los antiguos residentes del sector denominaban a este sitio con casi dos mil años de antigüedad; y cuyo ícono identitario es una pictografía en una gran roca a orillas del mar, que habla de la historia de hombres y mujeres que habitaron este espacio.
Bajo un detallado diseño y plasmadas en color blanco y rojo, utilizando como pintura pigmentos de la naturaleza, se aprecian 90 figuras rupestres asociadas a aves, camélidos, figuras geométricas y aletas dorsales de peces grandes, como albacora y marlines, que permiten inferir sobre la vida cotidiana de esta comunidad.
Según Varela, las expresiones de esta gran pictografía demuestran el nexo que había entre la costa y los valles del interior, principalmente, entre las poblaciones de pescadores y agricultores; lo que permitió que Chomache se transformara en un enclave de las rutas caravaneras prehispánicas, conectando la costa con Guatacondo, Pica y Quillagua.
“En Chomache hubo un asentamiento humano muy importante. Hoy en el lugar hay recintos y conchales que demuestran el aprovechamiento de los recursos que extraían del mar, lo que permitió que una población de individuos se mantuviera en el lugar, ya que lograron subsistir de lo que les daba el mar. Pero además conservaban y preservaban alimentos que extraían del mar, e intercambiaban pescado y guano por frutas y verduras con grupos que venían de las quebradas, oasis y cordillera”.
Sin duda, al observar la pictografía de Chomache en esta gran roca costera surgen innumerables preguntas de la razón de ser de estas pinturas rupestres en un espacio tan singular.
Si bien las interpretaciones pueden ser infinitas, en opinión de Varela, el uso de la piedra por los habitantes de dicho lugar, “puede haber tenido un sentido ritualista, como una demostración de admiración a la naturaleza y dejar plasmado sus inquietudes espirituales; o quizás, evocar la caza de peces e intercambio de productos, dejando con ello una ofrenda a la naturaleza para que ello se mantuviera de forma permanente. También, y por qué no decirlo, podría haber sido una escuela para mostrar a las futuras generaciones, las actividades cotidianas que realizaban como comunidad, como la pesca y el intercambio con otros pueblos”.
Aldea prehispánica
Este proceso de intercambio comercial no sólo demuestra la conexión entre habitantes de los distintos pisos ecológicos, sino también un proceso de integración social y cultural, tras los hallazgos en el sitio hace unos años de cerámicas, alimentos y semillas locales, talleres líticos y espinas de cactus para agujas, entre otros.
Para Varela, y a la par de estos hallazgos, otro elemento relevante en Chomache son las construcciones que dieron vida a la aldea de esa comunidad prehispánica, “quienes para construir utilizaron la técnica de una argamasa de arena y ceniza de huiro que, al mezclarla con agua de mar, se transformaba en una pieza tan dura como el cemento”.
“Sin duda, todo lo que existe en Chomache demuestra que esa comunidad tenía experiencia para desarrollar las pinturas, además de una cultura única y una forma de transformar el hábitat”.
Sin embargo, pese a la riqueza cultural y el indudable valor patrimonial que posee Chomache, hoy este lugar corre un serio riesgo de ser destruido, ya que el área se utiliza como un espacio recreativo nocturno, donde grupos concurren a beber alcohol, prender fogatas y realizar actividades que ponen en riesgo a esta pictografía milenaria.
Para Varela, resulta necesario proteger dicho lugar. “Hace unos años se conversó con autoridades, tanto del municipio de Iquique como de la Gobernación Marítima, para buscar una solución a la conservación de esta pictografía. A la fecha, esa iniciativa no ha prosperado, pese al potencial turístico que posee la zona”.
Por lo mismo, asegura que “tiene que haber una dedicación más seria y crear zonas estratégicas por sectores, desde los cuales se pueda salir a recorrer estos sitios tan importantes, con guías turísticos y vehículos adecuados, para preservarlos y evitar que desaparezcan”.
Tras admirar cada una de las figuras plasmadas hace miles de años en la roca, no deja de impresionar la forma como esta comunidad prehispánica se inspiró para contar una historia que permanece viva hasta hoy. Así, Chomache sigue erguido en medio de los roqueríos costeros como un tesoro escondido, blindado por la bruma marina y el sol que nace cada mañana en Tarapacá.
. 
